Exposiciones
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Señales
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48º Salon Montrouge
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Época Galeria de Artes y Museo Nacional de Bellas Artes
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2001: Parcours, Récoltes
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de Perlas
- 1998: El Círculo y el
Punto, El Punto y el Círculo |
Jornal do Brasil - Columna de Elvira Vignas
02/12/2004
Experimento y Peligro
Las
imágenes originales, documentadas con fotos, no tienen nada de
arte. Son bocas, corazones, flores, el sol con sus rayos. Algo convencional
y sin sobresaltos, un poquito alegre, característico de la publicidad,
de los productos de consumo. Son las imágenes que nos rodean allí
donde nos encontremos, casi pornográficas en su ausencia de diálogo,
en su utilitarismo inmediato y raso. ¿Quiere un corazón?
Aquí lo tiene. ¿Y una boca? Hela aquí. Igual. En
serie. Hechas para calmar. Pero no es tranquilizador lo que la Casa Francia-Brasil
ofrece en la exposición Las Cuatro Estaciones, de Christina Oiticica.
Muy al contrario.
Las imágenes originales fueron enterradas por la artista hace aproximadamente
un año. Ahora han sido desenterradas. Christina Oiticica inventó
una especie de mercado de futuros para sus productos. Aquí también
hay una entrega total. Pero no a las leyes del mercado, sino a las leyes
del tiempo. Éstas, más previsibles que aquéllas,
dañaron las telas.
Y quien entra por la pesada puerta de nuestra antigua aduana (el edificio
de la Casa Francia-Brasil) se ve cercado por un pos-capitalismo hecho
jirones. Muy apropiado. De las mercancías del puerto de al lado
sólo restaron las piedras colocadas allí por Grandjean de
Montigny en 1819. De los símbolos del consumo pintados por Christina
Oiticica, sólo quedaron vestigios reelaborados por raíces
y rajaduras. No es la primera vez que Oiticica pinta una cosa y expone
otra. Sus imágenes anteriores, de tipos femeninos (negras, indias),
de perlas, vestidos viejos, querubines o personalidades de los medios
de comunicación, como la Madre Teresa de Calcuta y Juana de Arco,
vendían un supuesto e idealizado universo femenino.
Pero, al igual que su obra actual, ya hablaban del tiempo en este registro
suyo tan personal: el tiempo frente al consumo, frente a lo tecnológico
y lo que se considera rápido y fácil.
Uno de los dos no resiste. Y éste no es el tiempo.
Con formación en diseño industrial por la Escuela de Bellas
Artes y en arquitectura por el Instituto Bennett, Christina interiorizó
el concepto de que el arte se aplica y se vende. Acaba de diseñar
camisetas para una tienda de modas (ver el texto de arriba). Ya hizo imanes
para neveras y cajas de barajas de naipes. No tuvo prácticamente
ningún contacto con su primo Hélio Oiticica, famoso por
su rechazo al mercado.
Podría pensarse que el resultado anticapitalista de esta exposición
suya no ha sido premeditado.
No es así.
Ante la pregunta de si sentía alguna ansiedad esperando el resultado
del enterramiento (en bosques, ríos y galerías pluviales
urbanas) ella responde que el resultado, sea el que sea, será siempre
bueno, porque ella así lo quiere, de la manera que salga. Su vocabulario
es otro, el de los mitos y los ritos: la tierra, la naturaleza, la iniciación.
Además, al aceptar la colaboración de lo que pasa por sus
telas (como los insectos o la lluvia) para la conclusión de sus
imágenes sin autor individual, propias de las masas, Christina
Oiticica terminó señalando justamente su contingencia; tanto
la suya misma como la de sus imágenes. Lo que al fin y al cabo
supone una forma de trascendencia.
Pastoras son mantelitos de plástico destruidos. La
tela principal, la instalación de suelo Cuatro Estaciones,
tenía diez metros, y hoy tiene apenas nueve. Lo restante se transformó
en polvo. La obra Rosa se quedó tan fina después
de que la tela por detrás de la tinta acrílica se deshiciera,
que sólo se conserva tras un cristal. Las Bocas son
treinta, exactamente iguales en un principio, pero que han quedado irreconocibles
con tanta tierra, raíces y cambios de color sufridos en el proceso.
Los Abanicos se convirtieron en manchas de humedad abstractas.
Los Inviernos incluyen residuos de hojas viejas junto a hojas
pintadas de plateado, lugar común de la representación romántica
de las hojas viejas.
Esta exposición comenzó por casualidad. Christina Oiticica
vivía en un hotel y necesitaba preparar un encargo ya apalabrado.
El olor a pintura incomodaba a los otros huéspedes, y no había
espacio para desplegar las telas. Entonces ella fue a un bosque próximo.
Era otoño, y de las ramas de los palos borrachos caían las
painas sobre la tela. Ella decidió aceptarlas.
Experimento y peligro tienen el mismo significado
en latín.
Christina Oiticica. Casa Francia-Brasil: Rua Vizconde de Itaboraí,
78, Centro. De martes a domingo, de 12:00 a 20:00.
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