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Trabajos en desarrollo - Camino de Santiago - Sète - St. Moritz 2008 |
Camino de Santiago - Trabajos en dessarrollo Primera
Etapa
St. Jean Pied-de-Port / Puente-la-Reina He regresado al Camino que recorrí a pie hace ya dieciséis años. Camino de estrellas que me condujo por bosques, planicies, ríos e iglesias hasta Santiago de Compostela. Decidí volver con mis telas porque quería que mi trabajo regresara a la fuente de su espiritualidad, a las piedras pisadas durante siglos de peregrinación, a las planicies inundadas de fe... Primer día del Camino: St. Jean Pied de Port, la última ciudad antes de la subida hasta el paso de Roncesvalles. Mi sobrina y yo habíamos llegado la víspera, 5 de septiembre, para encontrarnos al día siguiente con Acácio y Orietta, amigos y hospitaleros del Camino de Santiago que vinieron no sólo para ayudarnos a plantar mis telas en el suelo sagrado, sino también para guiarnos con sus historias y leyendas. En esa ciudad de frontera, irisada entre los Pirineos, nos propusimos caminar tras las huellas de los peregrinos, hombres y mujeres que, a cada paso que dan, vislumbran los cielos y atraviesan portales. Entramos así por la puerta de Santiago que nos lleva a la iglesia de Nuestra Señora del Final del Puente. Aquel día soleado, quise recogerme con mis amigos antes de llevar mis telas, parcialmente pintadas, a lo alto de las montañas. Quería completarlas en las montañas, porque sabía que sería allí arriba donde encontraría la inspiración. Subimos los Pirineos por el camino más difícil y, como consecuencia, pudimos disfrutar de unas vistas maravillosas de todo el valle. Nos fue concedida una rara visión: el sol, con todo su resplandor, bañaba de luz las montañas que normalmente cubre la niebla. Pudimos ver, por tanto, las montañas desnudas, ofreciendo sus formas sinuosas y sensuales a un cielo de profundo azul. Habíamos llegado al punto más alto y allí encontramos, entre un mar de piedras, una figura de Nuestra Señora con el Niño Jesús de brazos abiertos. Escogí ese lugar al que los peregrinos hacen referencia llamándolo la mano que toca el cielo. La razón es simple: en esas altas regiones, los peregrinos, tras haber subido los escarpados caminos de las montañas, tienen la impresión de rozar los cielos. Llevar mi trabajo a bosques y montañas no es algo gratuito: mi trabajo es peregrino, sale de las cuatro paredes del taller y el Camino de Santiago es el mejor lugar para él. Siempre tuve en mente el camino cuando comencé a poner mis lienzos en las alejadas tierras de la India y en las selvas vírgenes de la Amazonia. Ahora, la energía de esta tierra va a inscribir sus marcas, visibles e invisibles, en las telas. Llevé cuatro cuadros de una serie que desarrollé hace algún tiempo, inspirada en tarjetas telefónicas. Los símbolos de boca y de corazón ya han besado otros continentes, y quise que también impregnaran el Camino. Por lo tanto, en esta ocasión, los símbolos del propio camino se incorporaron como complementos: dibujé de esta manera una serie de conchas, símbolo del camino. Usé una concha, que había comprado en Saint Jean Pied de Port, a modo de sello. En otro cuadro, dibujé la silueta de la concha, y en la tercera tela pegué la propia concha dorada. El cuarto y último lienzo decidí dedicarlo a la virgen, la energía femenina que siempre me guió en mi creación. Me di cuenta mientras dibujaba que la Virgen, la Diosa, es omnipresente, aunque el Camino sea esencialmente masculino, un camino riguroso que impone al soñador el destino de sus sueños. Hice, por tanto, una corona azul y usé un polvo dorado para representar la Vía Láctea, la bóveda de luz que siempre orientó a los peregrinos. En ese lugar de oraciones y contemplación se quedaron mis primeros trabajos del Camino. Trabajos que besan los cielos. Descendemos de las montañas en dirección a la frontera española, a Roncesvalles. Vimos una multitud, algo fuera de lo común por allí, y acabamos sabiendo que ese era el día de Nuestra Señora de Roncesvalles. También quería dejar mis trabajos en ese lugar que me despertaba tantos recuerdos de mi primera peregrinación. ¡Qué alegría avistar la cruz de la iglesia de Roncesvalles, que en realidad es un cayado de peregrino transformado en cruz! Camino de Burguete, localidad situada a 300 metros al sur de Roncesvalles, nos detuvimos frente a la cruz del peregrino: una cruz de piedra datada en el siglo XIV que está adornada con una imagen de la Virgen. Allí, en el bosque, sentí una fuerte presencia diciéndome que en aquel lecho de hojas mis trabajos podrían ser plantados. Escogí otras cuatro bocas que completé con la cruz de Santiago, símbolo guerrero que aúna la cruz y la espada. Los vientos nos traían las campanadas lentas de la iglesia de Nuestra Señora de Roncesvalles. Oramos, y salimos hacia Puente la Reina, localidad navarra donde todos los caminos de Santiago se encuentran. Llegamos al hotel El Peregrino, nos dimos una bien merecida ducha, y conversamos con nuestro amigo hospitalero Ângelo, que me cedió su galería para que, el año que viene, pueda exponer mis trabajos a los peregrinos.
Pamplona / Puente la Reina De camino hacia el hotel El Peregrino, Acácio y Orietta quisieron que viese Santa María de Eunate, una capilla templaria del siglo XII que queda un poco al margen del camino de Santiago. En mi primera peregrinación de 1990, no había pasado por allí, pues en ningún momento me pasó por la cabeza nada que pudiera apartarme del Camino. Acácio, en fin, me dijo que ese era uno de los lugares de España más cargados de magia, y fue así como el poder de sus historias me guió por las planicies pisadas de sol. Al llegar a la capilla, después de haber recorrido varios kilómetros desde Saint Jean Pied de Port y de haber plantado varios trabajos, vi una construcción humilde, y sin embargo suntuosa al mismo tiempo. Ya se echaba la tarde y el sol, deslizándose tras los montes, lo bañaba todo con su manto dorado. Eunate, que significa en el lenguaje de los cultos tanto cien puertas como la buena puerta, se revelaba impávida en la tarde clara. Cuentan algunas historias que éste es un lugar de iniciación mágica en el que hombres y mujeres con sed espiritual dan cien vueltas alrededor de la construcción octogonal en busca de la puerta que los llevará a lo sobrenatural. Acácio me dijo que uno de los lados de la capilla es femenino y el otro masculino. Orietta añadió que sus arcos, que podrían haber sido perfectos, no lo son por una cuestión bien simple: los arquitectos templarios, por humildad, decidieron no competir en perfección con los cielos. Dimos una vuelta alrededor de la construcción y me di cuenta de que ambos se habían puesto a caminar muy lentamente. Acácio estaba buscando el mejor lugar para enterrar las telas. Le pregunté por qué caminaba tan despacio, y él me dijo que en la geometría sagrada es posible que una persona pueda sentir en el aire las corrientes subterráneas de agua. Estaba buscando los lechos de agua donde mis telas podrían plantarse. Finalmente, y a pesar de querer dejar algo, me di cuenta de que no tenía más telas y que tendría que conformarme con no dejar nada allí. Lo que tengo claro, no obstante, es que el año que viene, cuando venga a recoger mis trabajos, pasaré por Eunate y vendré con un cuadro dedicado a esa Virgen enigmática. Nos metimos al coche y fuimos al hotel El Peregrino, donde había quedado con Ángel para hablar de mi trabajo. Al llegar a ese hotel tan bonito y cuidado con tanto cariño por él y su familia, le expuse mi proyecto: En esta primera etapa estoy dejando 27 telas entre St. Jean Pied de Port y la ciudad de Castrojeriz, en Castilla y León. El año que viene, en abril, vendré a recogerlos y plantaré otros desde Burgos hasta Compostela. Quiero, por tanto, que a partir de mayo de 2007 mis telas de esta primera leva puedan verse en la galería de tu hotel para que los que hacen el camino puedan ver mi trabajo peregrino. También quiero exponer un DVD mostrando el proceso de trabajo, pues tengo una convicción honda de que los que recorren este camino sagrado van a saber entender mi intención y van a compartir mi punto de vista. A Ángel le gustó mucho lo que le dije y aceptó que su galería acogiese el proyecto durante los dos próximos años. Fue una bendición caída del cielo, pues necesitaba encontrar un lugar en el camino donde poder exponer mis lienzos. Ese encuentro me trajo a la memoria una de las enseñanzas del camino: ten siempre un objetivo que guíe tus pasos... Al día siguiente fuimos al Alto del Perdón, entre Pamplona y Puente la Reina. Esa tarde de nubes cargadas me acordé de otra tarde resplandeciente de 1990. Yo acababa de subir esa montaña cuando vi un peregrino vasco sentado, vestido todo de azul, con un sombrero de paja. Estaba contemplando aquel paisaje de tonos que van del amarillo al marrón, salpicado de arbustos verdes. Le saqué una foto contra ese fondo árido que más tarde se convertiría en mi primer cuadro del camino. Les di a ese peregrino y a su esposa (Theo y Juanita) este cuadro como muestra de nuestra amistad en el camino. Regresé desde ese recuerdo a la tarde gris que cubría el Alto del Perdón. Cuenta una leyenda que el diablo permanecía allí tentando a los peregrinos con el siguiente artificio: les ofrecía agua a cambio de que los peregrinos dejasen de andar y abandonasen su fe. El buen peregrino, por tanto, continuaba y recibía el perdón de Dios. Coincidentemente, yo había llevado dos cuadros de agua (inspirados en una serie de quimonos que fui dejando en ríos). Estos dos cuadros en particular, habían sido inspirados en quimonos que dejé en Gave de Pau, un río sagrado que pasa frente a la gruta de Lourdes. Dibujé en ellos unas flechas doradas, símbolos del camino. Esos trabajos de agua no sólo fueron depositados por donde corre el agua de la fuente. A Orietta le extrañó que yo quisiera dejar mis cuadros en un lugar donde el demonio tentaba a los que pasaban. Yo sabía, sin embargo, que un trabajo que había estado en las aguas sagradas de Lourdes no corría ningún riesgo y podía regresar a su elemento. Cuando terminamos de plantar mis trabajos, las pesadas nubes soltaron su carga de agua, truenos y relámpagos. Me di cuenta de que se había dado una sincronía increíble. Yo acababa de llevar agua al lecho de la montaña por donde pasan ríos subterráneos, y de ese encuentro de las aguas nació la lluvia. Al día siguiente ya había que partir, pero antes dejé en los jardines de El Peregrino una tela de boca con el símbolo de la Medalla Milagrosa. Acácio me había dicho que al plantar una tela allí, en el lugar donde expondría mis trabajos, estaba inaugurando un ciclo, creando una egrégora. Le pedí ayuda a Ângelo, que, al ver el cuadro, me preguntó qué símbolo era aquel que se parecía tanto a su firma. Le dije que era el símbolo de la Medalla Milagrosa, revelado a la monja francesa Catherine Laborée por Nuestra Señora. Escogimos un lugar del jardín, cerca de una imagen de la Virgen que hay en él escondida, y allí plantamos la duodécima tela. Antes de ir a Santo Domingo de la Calzada, nos pidió a mí y a mi sobrina que comiésemos con él, y me dio de regalo un blasón de madera redonda con los símbolos de María coronada. Una vez más, vi las correspondencias de los símbolos y sentí, con toda mi fe, que el camino estaba conmigo.
Sto Domingo de La Calzada, Viloria de Rioja, Castrojeriz Santo Domingo de la Calzada e Viloria de la Rioja Cuando llegamos a Santo Domingo de la Calzada, para nuestra sorpresa, la iglesia aún estaba abierta, aunque ya eran las ocho de la tarde. Dentro, un misionero que había vivido en África pronunciaba un bonito sermón en el que recordaba a la congregación que la misión de la iglesia siempre fue misionera, es decir, que siempre consistió en ir en dirección al otro, en construir puentes entre las distintas culturas. Eso me inspiró mucho porque encontré correspondencias con mi trabajo: un trabajo peregrino que sale de las cuatro paredes del taller para ir al encuentro de la Naturaleza, un trabajo que va hacia lo desconocido y nunca es el mismo. Acácio, Orietta y yo le contamos a Paula, pues era la primera vez que ella iba a Santo Domingo de la Calzada, por qué había una gallina y un gallo blanco dentro del gallinero, en la iglesia. Esa historia la rescribí en el cuadro que coloqué al día siguiente cerca del puente que construyó Santo Domingo: Cuenta la leyenda que una pareja de peregrinos alemanes, acompañados por su hijo, pararon en una casa de Santo Domingo para descansar. Los dueños de la casa tenían una hija que se enamoró del chico recién llegado. Pero al ver que él no correspondía, decidió vengarse. Escondió entre su equipaje una pieza de plata. Una vez descubierto, el chico fue conducido ante la justicia, lo metieron preso y lo condenaron a la horca. Los padres, desesperados, constataron sin embargo que, a pesar de estar ahorcado, su hijo aún vivía, y fueron a hablar con el alcalde de la ciudad para decírselo. El alcalde, que en ese momento se encontraba comiendo una gallina y un gallo asados, dijo: El chico está tan vivo como esta gallina y este gallo que tengo en el plato, momento en el que el gallo comenzó a cantar y la gallina salió volando. Entonces fueron corriendo al encuentro del chico, que, en efecto, aún estaba con vida porque Santo Domingo y la Virgen María lo sostenían por los pies. Al día siguiente fuimos a Viloria de Rioja, ciudad de nacimiento de Santo Domingo, para visitar el albergue de Orietta y Acácio. Me emocioné mucho al llegar al albergue. Se ve que estos hospitaleros realmente acogen a los peregrinos con amor. Al entrar vi la foto de Paulo (que, por cierto, es el padrino del refugio)y uno de mis trabajos con la imagen del pórtico de Santiago, donde los peregrinos ponen la mano. Dejé cinco cuadros en Veloria de Rioja. El trabajo azul del quimono que había dejado en Gave de Pau con flechas doradas y dos bocas con conchas. Volvimos por la noche para cenar, pues Orietta y Acácio ofrecen una cena a los peregrinos todas las noches. De esta manera, ellos pretenden que los peregrinos puedan compartir sus experiencias y enriquecer sus vivencias mutuamente. Se hace necesario ese contacto, pues las personas se encuentran en un estado espiritual muy fuerte, de manera que son capaces de percibir cosas que antes ni siquiera vislumbraban. La riqueza que se revela en lo más simple, como puede ser disponer de una cama para dormir, un techo para protegerse de la lluvia, un plato de comida humeante, o una palabra amiga, se hacen esenciales a lo largo del camino. En mi trabajo revivo esta experiencia religiosa y mágica pues muy a menudo la Naturaleza pone generosamente ante mí nuevos misterios. Mis lienzos, y la experiencia que ellos me proporcionan, alteran mi percepción del mundo, así como el caminar abre los ojos del peregrino a la esencia del camino. Nos reunimos diecisiete personas para cenar en la sala del albergue, sintiéndonos todos privilegiados de poder estar juntos tras todo un día a solas con el camino. Acácio y Orietta hicieron una pequeña oración de agradecimiento por los peregrinos de ayer y de hoy. La presencia de Paulo era palpable, ya que varios peregrinos pedían permiso para posar frente a su foto. En ese momento pensé en cuántos peregrinos pasaron por aquí guiados por su historia, sus vivencias... yo entre ellos. Regresé al hotel con mi sobrina, y soñamos: yo con desmoronamientos (hacía ya algunos días que soñaba con casas y puentes viniéndose abajo) y Paula con su ángel, por primera vez. Tuve que pasar todo el día siguiente trabajando para tener una tela que poder dejar en el lecho del río que pasa por Santo Domingo. En una gran tira de tela, pinté siete cuadros en los que escribí la historia del santo y dibujé conchas. Ya anochecía cuando salimos a plantar la tela. El río estaba completamente seco, y me pareció ideal plantar mi tela en su lecho de piedras. Las hojas secas del suelo, bañadas por el sol poniente, me daban la impresión de que ya era otoño. Fue un momento muy mágico en el que logré dejar la mente en blanco mientras iba colocando las piedras. Al terminar, los hospitaleros volvieron a su refugio y nosotros resolvimos andar un poco por las piedras. Por la noche, Paula y yo salimos para ir a un restaurante y presenciamos una escena muy siniestra: el techo de una casa se había hundido y unos policías con linternas buscaban a alguien bajo los escombros. Me puse a rezar pues hacía ya varios días que soñaba con eso y ahora me encontraba con esa pesadilla materializándose delante de mis ojos. Lo más enigmático es que desde entonces ya no sueño con eso: como si lo real hubiese decidido espantar al sueño. Como aún teníamos un día en esa etapa del camino, decidí ir a Castrogeriz, ciudad en la que puede verse una fortificación en ruinas. Hice para esa etapa cuatro cuadros con los signos del camino: Paramos primero en San Juan de Ortega, después de cruzarnos con
un pastor y sus innúmeras ovejas. Pasamos por campos y más
campos de girasoles aún por cosechar, calcinados por el sol hirviente
de España. Esa visión siempre me resulta desoladora, porque
esas flores que nos dan tanto son abandonadas. Veo en ellas una señal
de que todo lo que se planta un día será cosechado. Que
el tiempo se transforma en nuestro aliado cuando decidimos trabajar con
él, vivenciarlo sin tener que abandonarse por ello. Yo no deseo
que mis cuadros, plantados con tanto amor y tanta historia, terminen como
esos tristes girasoles, olvidados y ciegos al sol. Sé que voy a
volver. Recordé que hace dieciséis años comí allí una sopa de ajo hecha por Juanita, una vasca que conocí en el camino y que iba a Santiago como una manera de celebrar las bodas de plata con su marido Theo. Nunca olvidé esa sopa porque, al ayudar a Juanita en la cocina, vi una frase de Santa Teresa de Ávila escrita en la pared: Entre los pucheros también anda Dios. Una enseñanza más del camino: la verdad se revela en las cosas más simples. Quise entrar una vez más en la iglesia de estilo románico de San Juan de Ortega, conocida principalmente por su Virgen, que es iluminada en los solsticios. En tales fechas, un rayo de sol entra por una de los rosetones de la iglesia e ilumina el vientre de la virgen. Quise plantar detrás de la iglesia el cuadro con la concha y el corazón de María. Camino de Castrojeriz, pasamos por el convento en ruinas de San Antón, que hoy en día, además de ser un monumento gótico del siglo XIV que conserva reminiscencias románicas, también es un refugio para peregrinos durante el verano. A lo largo de varios siglos, San Antón funcionó a modo de peaje en el camino: los peregrinos tenían que dejar pan, vino o dinero. Hoy, lo único que resta de él son los arcos, y la bóveda del cielo. Allí dejé el cuadro de la concha con la corona. Siguiendo por la vía más larga del camino, de unos dos kilómetros aproximadamente, se pasa por la colegiata de Santa María del Manzano; desde allí se ve la iglesia de San Juan, que tiene sus flancos dominados por las ruinas de un castillo disputado por moros y cristianos en los siglos IX y X. Decidí dejar los otros dos cuadros entre las ruinas de la fortaleza: uno de concha con la cruz de Santiago y el otro con la flecha dorada. Una vez plantados mis cuadros, comencé a despedirme de esas planicies pisadas por el sol. Ahora sólo regresaré dentro de algunos meses para plantar otros cuadros prosiguiendo el camino, hasta Santiago. Pinche en las imágenes para ampliarlas
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